Vivir sin miedo


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Este es el segundo artículo de Sergio Sinay que os quiero recomendar:

 

Incertidumbre forma parte de la propia existencia. Cada nueva situación nos invita a hacernos preguntas, y las respuestas solo las conoceremos afrontándolas. Porque, en definitiva, la vida es un interrogante que despejamos a través de nuestras decisiones, elecciones y acciones. Y el miedo no debe impedirnos transitar por ella con plenitud.

 

Un día nos despertamos y nos encontramos con la noticia de que un tsunami ha borrado una población entera en algún lugar del mundo, Al día siguiente es un terremoto el que modifica brutalmente un escenario. Al tercero, es una enfermedad convertida en pandemia. Al cuarto, nos conmueve un accidente aéreo. Al quinto, un atentado siembra el pánico en una ciudad como la nuestra. Al sexto, nos impresiona la noticia de que una persona conocida a fallecido súbitamente. Al séptimo, nos llega la noticia de que a un amigo le han asaltado en plena calle o de que otro ha tenido un accidente de coche. Cada día, pues, algo nos recuerda: vivimos en un mundo inseguro, la incertidumbre está a la orden del día, es parte de la vida.

¿Qué haremos, entonces? ¿Nos iremos a vivir a otro país o a otra ciudad tras averiguar en qué lugar jamás la tierra ha temblado ni las aguas se han agitado? ¿Nos acribillaremos a vacunas? ¿Comeremos y beberemos solo lo que nosotros habremos esterilizado previamente? ¿Prescindiremos de los medios de transporte y solo iremos a donde podamos llegar caminando? ¿Dejaremos de frecuentar lugares cerrados y concurridos? ¿No saldremos de nuestras casas ya que parecen el único sitio seguro del planeta?

La situación no es nueva: El historiador francés George Duby (1919-1996) hizo un profundo estudio de los miedos de la humanidad desde su inicio hasta el fin del segundo milenio-Año 1000, año 2000: la huella de nuestros miedos-en el que describe cómo nuestros antepasados de hace diez siglos, tan inquietos, creativos, solidarios, angustiados y esperanzados como nosotros, vivían amenazados por epidemias, guerras y fuerzas de la naturaleza que no controlaban. Tenían miedo a la miseria, a las enfermedades, a la violencia y mucho miedo al más allá y al destino. Morían de enfermedades que hoy resultan inofensivas, de pestes evitables o en accidentes pueriles. Estaban familiarizados con la muerte y, aún así, vivían con esperanza. Si no lo hubiran hecho, quizás hoy no existiríamos nosotros ni tampoco el mundo tal y como lo conocemos.

 

Comprender las emociones

La inseguridad ha sido siempre parte de la vida de nuestra especia y de cada existencia individual. Sin embargo, de tres siglos a esta parte, con el advenimiento del cientificismo, del pensamiento racionalista y positivista, con la inauguración de la sociedad industrial y el desarrollo de la tecnología-especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX-, nos hemos creído la promesa de que se puede controlar la naturaleza, descifrar sus leyes y hasta reproducirlas o modificarlas a nuestro antojo. Creemos que el futuro es controlable y ajustable. Compramos todo tipo de seguros: de vida, contra accidentes, catástrofes, desempleo, enfermedades…Confiamos de veras en que podremos detener el tiempo y no envejecer-quirófanos, bisturíes, fármacos o dietas mediante-, y hasta nos ofrecen fantasías de inmortalidad. Y, por si esto nos pareciera poco, abundan las promesas-cursos, libros, películas, vídeos-que ofrecen recetas para vencer el miedo.

Pero el miedo cumple una función en nuestra vida, como la cumple cada una de las emociones con las que llegamos equipados a este mundo. La función del miedo es advertirnos acerca de la probable disparidad que puede existir entre nuestros recursos y aquella situación que vamos a afrontar. El miedo nos pregunta, entre otras cosas: “¿Estás preparado? ¿Estás equipado? ¿Qué sabes de la circunstancia a la que te enfrentas? ¿Conoces tus propias fuerzas y recursos?”. Son preguntas útiles, necesarias y orientadoras. Y a menudo las respuestas solamente las conoceremos afrontando la situación, pasando por ella, viviéndola. No evitándola.

El miedo adopta formas funcionales y disfuncionales. Las funcionales nos permiten adiestrarnos, prepararnos, instruirnos, conocer. A menudo es la ignorancia sobre algo lo que multiplica el temor. El miedo disfuncional es el que termina por paralizarnos cuando nos dejamos guiar por creencias, por el desconocimiento, por el relato de otros, por el oportunismo de quienes especulan con nuestro temor. No hay, afortunadamente, pastillas contra el miedo, de modo que únicamente nos queda el camino de aprender a gestionarlo. En definitiva, de eso se trata con nuestras emociones. No de eliminarlas sino de aprender a comprenderlas y a administrarlas. El miedo nos dice que cuanto más sepamos de aquello que vivimos, más preparados estaremos para atravesarlo, trascenderlo, aprender, crecer y descubrir el sentido de cada situación, también de las más difíciles o dolorosas.

 

Vivir el aquí y ahora

¿Cuándo nos paraliza el miedo? Cuando nos sustrae del presente. Nuestros temores se refieren siempre a algo que aún no ha sucedido. Tenemos miedo de que nos asalten, de que nuestro avión se estrelle, de que una enfermedad nos afecte, de que un ser querido muera, de que nuestro trabajo se acabe, de que nuestra pareja deje de querernos, de que una ola gigante nos engulla…Nada de eso ha sucedido. Puede que ocurra y puede que no. Mientras espero, me preocupo, me angustio, simplemente salgo del presente. Me he trasladado a un futuro hipotético e inapresable. El futuro que tememos no ha llegado. Y en el presente que vivimos, estamos inmovilizados. El temor a una experiencia no es la experiencia. Tampoco el recuerdo de una vivencia es la vivencia. Lo que se vive solo se vive en el presente. Ni en el recuerdo ni en el miedo a que ocurra. No es lo mismo temer al fuego que quemarse.

 

Fluir con las experiencias

En un pequeño y profundo libro titulado La sabiduría de la inseguridad (Kairós), el filósofo británico Alan Watts (1915-1973) dice: “Toda experiencia es nueva y en cada momento de nuestra vida nos hallamos en medio de lo nuevo y lo desconocido. Nuestra vida es un largo esfuerzo por resistir a lo desconocido. Al vivir así, nunca aprenderemos realmente a vivir con ello. En cada momento somos cautos, vacilamos y estamos a la defensiva. Y es en vano, porque, queramos o no, la vida nos empuja a lo desconocido, y la resistencia es tan fútil y exasperante como tratar de nadar contra la corriente de un torrente impetuoso”. Vivir a la defensiva no nos defiende de nada. Quien teme a cada cosa que pudiera suceder no impedirá por ello que suceda. Y acabará por tener miedo a la vida. Porque, repitámoslo, la vida es incertidumbre. La vida es una pregunta abierta a nosotros, que responderemos a través de nuestras decisiones, elecciones y acciones a medida que la transitemos.

Watts nos recuerda que solo se puede vivir un momento a la vez. No podemos, al mismo tiempo, disfrutar de un vuelo y temer la caída, gozar el mar y tener miedo de la ola. O vivimos la experiencia presente y real, o desplazamos nuestra atención y nuestro ser hacia aquello que tememos y que, sin embargo, aunque pudiera ocurrir, no está ocurriendo. Lo que nos hace esclavos del miedo es el intento de librarnos de él en lugar de limitarnos, simplemente, a vivir la situación en la que estamos. Vivir presos del miedo provoca un fenómeno paradójico: a mayores precauciones, mayores temores. ¿Por qué? Porque para resguardarnos de todo lo que podría ser peligroso, terminamos generalmente por aislarnos en la fortaleza que construimos para protegernos. Pero cuanto más aislada está una persona, menos registro tiene del mundo en el que vive y más temor siente hacia todo lo que la rodea. “Si quiero estar seguro, protegido del flujo de la vida, tengo que estar separado de la vida”, apunta Alan Watts. Retener el aliento es perderlo, dice.

Identificar los miedos

¿Significa esto que deberíamos despreocuparnos de todo? No. Se trata de aprender a discriminar entre los miedos. El miedo no es uno y único. A veces nos asalta una duda (“¿He apagado el ordenador antes de salir?”); otras, una aprensión (“¿A qué se deberá este dolor de cabeza que no desaparece?”); en ocasiones, una inquietud (“¿Cómo será la persona que me hará la entrevista de trabajo?”); o un temor comprensible (“Tal vez no es buena idea viajar a ese país en este momento”), o un miedo lógico (“¿Por qué mi hijo no ha regresado aún a casa, si ya ha pasado una hora del plazo acordado?”); o, directamente, el pánico (“¡Ese vehículo parece fuera de control y viene hacia nosotros!”). En todos estos casos, hay razones que explican el miedo.

Por un lado, existe el miedo a cosas y hechos previsibles frente a los cuales podemos actuar de una manera determinada para reducir el margen de temor y aumentar el de confianza. Por otro, existe el miedo a lo desconocido, que es el que puede aguardarnos cuando estamos ante una situación o lugar nuevos. Es natural sentirlo, aunque nada se puede hacer, salvo estar abiertos a la experiencia. Y, por fin, está el miedo a todo lo que escapa a nuestro control, a lo que no es previsible, a lo que no depende de nosotros. El imponderable será siempre parte de la vida y su existencia es positiva pues aguza nuestra creatividad, nos invita a desarrollar nuestros recursos, nos impulsa a encontrar respuestas y caminos nuevos, nos regala experiencias novedosas, otras formas de ver la realidad en general y nuestra vida en particular.

A todo esto deberíamos agregar el que tal vez sea el más tóxico de todos los miedos: el que nace de contagio. El que nos inculcan otros a través de sus propios fantasmas-un temor que, con frecuencia, los padres transmiten a los hijos-o el que proviene de nuestras propias fantasías sobre lo que oímos o leemos o nos dicen. No hay enfermedad más contagiosa que el miedo, sobre todo cuando anula la sensatez, la razón, la capacidad de discernir y el libre albedrío.

 

El mejor antídoto, confiar

La peridista israelí Liat Collins-quien, por cierto, vive en un contexto de riesgo-escribió: “Uno no pinta el piso si teme la inminencia de un terremoto. No cultiva amistades si teme que desaparezcan por una guerra o una enfermedad. Si uno se guiara por los temores acerca de los que puede pasarles a los niños, gastaría tanta energía procurando protegerlos que no tendría tiempo para criarlos. Mi mayor miedo es no realizar nada por vivir con miedo”.

 

Conclusión: viviremos siempre en un mundo inseguro. Nuestra responsabilidad es cómo elegimos vivir en él. Y hacernos cargo de nuestra vida descubriendo su sentido. Podemos estar paralizados por lo que pudiera ocurrir o movilizarnos para que ocurra aquello que esperamos y deseamos. El antídoto del miedo es siempre la esperanza.

 

Por: Sergio Sinay, Terapeuta Gestáltico.

Artículo extraído de la revista Mente Sana N. 72

 

 

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